Yo y El Gurú… el burro siempre delante!

Eddy González, El GurúYo conocí a mi héroe y mi alter ego profesional. Apenas tenía veintidós años la primera vez que lo vi. Grande, grandísimo, pasado de kilos siempre. De su rostro destacaba su nariz y su manera de mirar que parecía no estar viendo nada, pero que estaba observando todo. Cierto aire infantil suavizaba su expresión. Calzado en sus sempiternos jeans y, por aquella época, con su camisa a cuadros en tonos azules. Un bolso fotográfico, muy parecido a él, terciado sobre el hombro. Cargando con todo lo que pudiera necesitar un fotógrafo y mas!. Los pies embutidos en unas botas montañeras Unión.

Me pilló metiéndole una mentirita blanca a un par de técnicos que reparaban cámaras y lentes fotográficos en Boleita Sur. Les estaba diciendo que yo trabajaba para El Diario de Caracas, que por favor me hicieran descuento y lo hicieran lo más rápido. Me miró y no dijo nada, no dijo nada nadie, pero todos se dieron cuenta que yo estaba mintiendo. Florencio me atendía y alternaba su mirada divertidamente entre los dos. Fui el único que no se dio cuenta de que había sido descubierto. Pero de esto me di cuenta casi tres meses después cuando me contrataron para hacer unas vacaciones en ese periódico y me presentaron al jefe de fotografía: Eddy González, El Gurú.

Este furtivo encuentro, y otras estupideces mías, producto de mi edad, marcaron los primeros años de nuestra relación laboral tanto que no podrían contarse como de amistad, pero en honor a la verdad si los incluyo por todo lo que me enseño con sus maneras tan particulares. La juventud, la inmadurez y la inexperiencia que se mezclaban dentro de mi me hicieron odiarlo rápidamente. Pero así era Eddy, nada de medias tintas, se le odiaba o se le amaba y yo en ese momento estaba en el bando de los que lo odiaban. Los conflictos laborales que tenía a diario con él eran mi único tema de conversación.

Fueron casi tres años terribles donde hasta nos ofrecimos golpes y con seguridad nos los hubiéramos dado de no haber sido por Cheo Pacheco, laboratorista en aquellos días, que evito que bajáramos al estacionamiento del periódico cual adolescentes a darnos de coñazos. Me parecía cruel, injusto, un grandísimo hijo de puta en pocas palabras. Hasta me deje convencer para firmar una carta, redactada y promocionada por Freddy Henríquez, pidiendo la renuncia del Gurú y por la que al final solo yo termine dando la cara y Freddy lavándose las manos, igual que haría en varias ocasiones luego. Aun así no me boto, por el contrario empezó a exigirme más y más y más.

Cada vez que había discusión de contrato colectivo Egilda Gómez y yo éramos los fijos en la lista de despedidos del departamento de fotografía. Siempre culpé al Gurú de incluirnos. Al final solo éramos piezas para negociar. Recuerdo un rumor sobre la razón para estar en ese elenco: por mal vestido. Pero visto a la distancia mi indumentaria era muy parecida a la Eddy con jeans y camisitas a cuadros azules. Entonces ¿Por qué yo y no el?. Una vez hasta le grite esquirol escondiéndome para que no me viera y aun me avergüenzo de eso.

Atando cabos me di cuenta que, cuando me contrataron, su opinión no fue tomada en cuenta y le fui impuesto. Eso le molesto por que tenía previsto contratar a Alfredo Cedeño, un supuesto fotógrafo y poeta, amigo suyo y a quien luego apodamos “texto y foto”. También tenia en lista a otra fotógrafa, Zaida Zeidan, antes que a mi. De hecho yo no aparecía en su lista, resulte un perfecto paracaidista sin la más puta idea de lo que era la fotografía, un laboratorio fotográfico, el periodismo o lo que significaba ser reportero grafico.

Estaba claro que Eddy era un excelente reportero grafico. Una persona sumamente informada y con una amplitud cultural abrumadora. Lo que no me explicaba era como una persona así era capaz de apoyar a personajes tan mediocres profesionalmente a mi parecer, en cambio a mí me tenía la vida de cuadritos.

En vista de las inagotables exigencias, a que era sometido por mi jefe, mi crecimiento profesional fue rápido y bueno. Alocado y pretencioso, casi ni me ocupaba de leer, pero me escudaba tras unas buenas fotos y mi entrega total al reporterismo grafico. Me creía y comportaba como el mejor y no lo era. Creo que influyó que Doris Seguí y yo, aparte de Wilmer Ascanio, éramos los consentidos de la redacción por ser los más jóvenes y por la excelente pareja profesional que formábamos.

Para aquel entonces conocí a quien seria uno de mis mejores amigos: Armando Valero. Un personaje especial. De los seres mas cultos e inteligentes que he conocido en mi vida. Amigo incondicional. Dispuesto a darle siempre una mano a quien la necesitara. Sin mezquindad con sus conocimientos y siempre listo a darte una lección con la mayor humildad del mundo. Cineasta, fotógrafo y gran conversador. Hasta una canción escribió junto a Guillermo Carrasco a instancias de su mejor amiga Aidee Ascanio, La Bruja. “no es que yo sepa mucho, es que tengo mas años que tu” le escuché en varias oportunidades.

Armando terminó siendo mi paño de lágrimas, a parte de mi compadre. Las cervezas siempre terminaban con el mismo tema: El Gurú es una mierda, me hace la vida imposible, me quiere botar. Resulta ser que ellos dos eran muy, muy amigos desde siempre, desde sus años universitarios y Reventón, pero Armando jamás cometió una indiscreción. Nunca le fue a Eddy con un chisme ni nada. Por el contrario fue paciente y soportó que yo me expresara de la peor manera de uno de sus mejores amigos.

Luego de tres años escuchándome la misma cantaleta Armando con vehemencia logró acabar con mi odio y echó por tierra los argumentos que constantemente esgrimía yo en contra de su gran amigo. Sus palabras fueron lapidarias. A pesar de eso, ya no estoy seguro de su veracidad, pero quiero creerlo: “… no te das cuenta que El Gurú te exige mas a ti por que sabe que puedes dar mas. No te das cuenta que a los demás no les pide mas de lo que él sabe que pueden dar. Tienes que entender que esa es su manera de decirle a la gente que la quiere. Eddy no es capaz de abrazarte y decirte que te quiere mucho, pero en cambio es capaz de usar cada oportunidad para enseñarte y ponerte pruebas… esa es la mejor manera que el tiene de decirle a la gente que la quiere y la respeta”.

Carajo vaya manera de querer!... Aquello me cayó como un balde de agua fría. Hasta vergüenza me dio por todo el odio que sentía por él. Intente en vano refutar su planteamiento.

Al día siguiente tracé una nueva estrategia y esta termino por darle la razón a Armando y cambiando radicalmente la relación entre El Gurú y yo. Incluso con el pasar del tiempo empecé a ver que esa dureza no era más que una máscara para esconder sus sentimientos. Poco a poco nos acercamos más. Me daba mas libertad, confiaba mas en mí, me daba pautas de mayor responsabilidad. No se como me veía el y los demás coordinadores en esa época, pero yo me sentía bien, respetado. Sentía que era visto como un carajito ahí, que si se disciplinaba podía llegar a consolidarse como reportero gráfico.

“Flaco… mira hazme el favor de cubrir una manifestación que hay en Guarenas”… “Coño Eddy, es mi día libre y me estoy mudando”… “Si, yo se, pero te estas mudando para Guarenas ¿no?... bueno me haces una cuantas fotos y cuando vengas por el segundo viaje dejas el rollo en la redacción y sigues”… No me jodas, con tantos buenos reporteros gráficos trabajando en el periódico y me va mandar a mi… bueno esa pauta empezó a las 6 y 15 de la mañana y termino casi una semana después… fue el “caracazo”. Por su puesto no me pude mudar.

“Alo… flaco?...¿Cómo están las vainas por allá?” me despertó otro día a eso de la una de la mañana. “¿De qué me hablas Gurú?”… “¿No te has enterado? Hay un golpe de estado flaco!”… Coño!... y yo durmiendo, pero y este hombre es que no duerme?... Nada, pa’ la calle… Rápidamente me fui a Miraflores. Llamé a Santiago (un ex-conductor del periódico) y le dije: “Santiago, busca al Gurú en su casa y lo traes” y él como si aun trabajara para El Diario ni preguntó nada. A la hora estaba con Eddy allí. Nos encontramos en el Salón de los Espejos casi a las 4 de la mañana y muy respetuosamente me dejo elegir lo que quería hacer. Me puso a escoger entre quedarme o salir a la calle. Me fui y lo dejé ahí.

Viendo muestras de respeto como estas y sintiendo que me trataba como un profesional creí que era el momento perfecto para invitarlo a mi casa. Era el momento de decirle que me había equivocado.

En un momento de los tragos deje salir todo lo que tenia atragantado. Sin groserías, intentando decir toda la verdad y mostrarle todo lo mal que me había sentido y como eso había cambiado todo en estos últimos tiempos. Le dije incluso que yo creía que su necesidad de saber y de aprender era solo para utilizarlo como arma y no por el placer mismo del conocimiento. Sus reapuestas fueron las de un padre hacia un hijo. Aleccionadoras, sencillas. Sentí que se quitó el escudo para mostrarme todo lo equivocado que estaba.

A partir de ese día mi rabia y mi odio se transformo en admiración, respeto y cariño. “¿Tanto me quieres que me odias tanto?”. Y así era y así fue en lo siguiente.

Lo vi pelear por las nuevas tecnologías cuando nadie creía en ellas. Lo vi dando batallas donde nadie se atrevía. No se rindió nunca. Lo vi caminando a contracorriente sin importar lo que decían. Lo vi como un predicador de la Biblia en la plaza Bolívar sin ser escuchado por nadie. Escuche muchas veces decir que sus ideas no tenían viabilidad. Amigos de él que ahora están haciendo lo que no quisieron hacer cuando se los pidió.

Al final no se si me quiso tanto como yo a el y poco me importa. Eso pasa con los ídolos, con los maestros, uno los ama, los venera, los respeta sin importar ser correspondidos. Creo que el solo hecho de conocerlos y haber compartido una parte de nuestra historia personal con ellos es suficiente para compensar toda la devoción que hemos sentido por ellos.

La última vez que nos vimos me lo lleve casi obligado a tomarnos un par de cervezas. Mientras iba de camino llamé a todos los panas que se que lo admiraban para que se acercaran. Era una reunión con nuestro ídolo. Tengo muy fresco ese recuerdo. La última vez que hablamos fue por teléfono. Yo desde este lado del Atlántico y él allá en Venezuela. Casi una hora. Fue poco… muy poco.

Amó la fotografía en todos los sentidos, amo el saber, el conocimiento. Amo a sus hijos con devoción. Amo a Lucy, aunque nos lo estuvo ocultando por años. Amo el periodismo. Vio y vivió su vida a través de su cámara. Disfrutaba de una conversación inteligente, de una buena compañía, de la sencillez. Jamás perdió su capacidad de asombro como fotógrafo. Le encantaba enseñar y no tenía mezquindad en eso.

Recordar su trayectoria dentro del fotoperiodismo venezolano, de lo que hizo y lo que no hizo es hablar paja. Todos lo sabemos, conocemos esa historia. Los fotógrafos no tenemos por costumbre hablar de las fotos que hacemos, hablamos de las vivencias y de lo que sentimos en cada instante que detenemos dentro de nuestras cámaras.

Nunca se vendió como el gran fotógrafo y gran hombre que fue. Nunca persiguió la gloria. Somos pocos los que vamos a recordar su obra y su vida en toda su magnitud y significación dentro del periodismo de nuestro país. Los mismos que vamos a extrañarlo.

De aquel día a la fecha ha pasado casi un cuarto de siglo. Se que nos vamos a volver a encontrar. Me asusta ese encuentro. No por temor a la muerte si no por no haber cumplido con todo lo que él esperaba de mí.

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También se nos fue Frijolito, Paulo Pérez Zambrano, y Miguel Gracia. Por cierto dos figuras de la fotografía venezolana completamente yuxtapuestas.

Frijol reportero gráfico de toda la vida, de los de la vieja guardia, de los entregados por la noticia. Alegre, dispuesto, de fácil sonrisa, respetuoso y buen compañero de trabajo. Sus últimos años profesionales los entrego a El Universal. No fueron pocas las veces que compartir con él. Las veces que más disfrute de él fue en la fuente de sucesos. Frijol, Tortosa, Bocanegra y otro monto de reporteros más. Llegamos a ser hasta veinte bebiendo cervezas y hablando estupideces en los chinos o en la pollera al voltear de la PTJ. Incondicional siempre. Sin mezquindad, dispuesto a colaborar con cualquiera en lo que necesitara.

El viejo cascarrabias español. Una constante en las pautas de teatro. Obstinado, refunfuñón, mal encarado, hasta grosero. Ese era Miguel Gracia y su Leica. Vivía en El Bosque. Se sentía orgulloso de su laboratorio. Le disgustaba casi todo el mundo. No soportaba que se le sentara ningún fotógrafo al lado durante las obras de teatro. Buscaba la manera de evitarlo colocando todo su aparátaje a los lados. Pero era pura fachada. En el fondo era un hombre de buen corazón. Más de una vez tuvo la gentileza conmigo de apartarme un puesto a su lado para cubrir alguna obra de teatro. Como legado deja la más extensa documentación gráfica del teatro venezolano de los últimos años.

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